historias del taller

narraciones sobre la escritura creativa y la creación literaria

siempre los ejercicios quedaban un poco huérfanos; no te permitía trabajar un proyecto más a largo plazo

Fui a un programa que tiene NYU, Global Journalism, donde llevas la mitad de tus cursos en el área de periodismo y la otra mitad en el área en la cual hayas decidido especializarte. Entonces yo, como venía de Perú, hice la otra mitad de mi carrera en el Centro de Estudios Latinoamericanos y el Caribe. Pasé dos años allá y ahí lo que hacían era formarte en toda una parte histórica, antropológica y social en el Centro de Estudios Latinoamericanos, y en el área de periodismo te formaban en la escritura.

Había una supervisión muy directa, pero básicamente lo que hacíamos era leer algunos textos, analizarlos y después tener que hacer entregas periódicas de distintas extensiones. Cada semana tenías que entregar, por ejemplo, un hecho que haya ocurrido en Nueva York y lo hayas ido a cubrir; y de pronto tenías que entregar tres crónicas más largas en el semestre, en las cuales ya tenías que regresar varias veces, entrevistar a distintas fuentes, pero siempre eran temas libres. Tú elegías el tema e ibas teniendo asesorías con el profesor acerca de cómo ibas evolucionando.

Y al final de esa carrera tenías que presentar una tesis en dos formatos distintos: una tesis de escritura para el área de periodismo, de veinticinco mil palabras más o menos, y tenía que presentar el mismo tema con una aproximación teórica. Mi tesis fue sobre trata de mujeres con fines de explotación sexual en la selva del Perú, en los campamentos de minería ilegal.

Entonces tuve que ir allá, investigar, pasar un buen tiempo en Madre de Dios, que era el lugar de la selva en la cual lo hice, en la frontera con Bolivia, y escribí y después hice el mismo tema, pero analizando teóricamente la problemática.

También llevé talleres, pero por mi cuenta, por interés propio, talleres de escritura, de cuentos, con Johann Page, que es también profesor de la maestría de escritura creativa, pero él había sido editor de Planeta y ahora es director literario de Penguin. Había llevado cursos con él por más de un año, pero en talleres pequeños, de gente aficionada a la escritura, para escribir cuentos, de ahí llevé algunos cursos en Masterclass, en esas plataformas virtuales.

Después he llevado un curso, un taller más largo, pero eso ya fue durante la pandemia, con un escritor de crónicas que se llamaba Julio Villanueva Chang, que fue el creador de la revista Etiqueta Negra, que tuvo alcance internacional. Después llevé a un taller con una editora chilena que se llama Claudia Apablaza, y ese fue el taller que me marcó un poco más, porque empecé a trabajar una novela que publiqué a finales del año pasado.

Lo que ella hacía era más o menos el mismo formato. Tú mandabas un avance, uno o dos días previos al taller, y la gente llegaba con el avance leído y con comentarios. Entonces, recibías los comentarios de los participantes en el taller – que no eran tantos, éramos seis personas –, y después ella hacía una valoración general y te daba recomendaciones para seguir escribiendo.

Te decía, por ejemplo: “Esto no se entiende, esto no está bien logrado, deberías explorar más esta línea…” Y te daba algunos lineamientos para que tú pudieras seguir escribiendo.

Ese taller y ese formato fue el que me sirvió a mí para encontrar la disciplina y el acompañamiento necesario para escribir mi primera novela. Porque los otros talleres tenían un formato de un taller más convencional, en el cual tú vas, lees un cuento, por ejemplo, o una crónica, y a partir de esa crónica o ese cuento el profesor dice: “Vamos a hacer un ejercicio”.

Por ejemplo, leíamos El beso de la mujer araña, que es toda una novela construida en diálogos para aprender a manejar los diálogos, y el ejercicio era crear un diálogo. Pero siempre los ejercicios quedaban un poco huérfanos; no te permitía trabajar un proyecto más a largo plazo porque el tema de la siguiente clase era distinto. Eran ejercicios cortos que servían para poder adquirir mayor destreza en tu caja de herramientas como escritor, pero que no me permitían trabajar algo más a fondo.

La diferencia con el taller de Claudia es que tú entrabas con un proyecto y el taller duraba seis meses y durante esos seis meses trabajabas con estos avances periódicos de diez páginas cada tres semanas. Entonces, ya cuando terminé el taller tenía un corpus más grande y ese terminó convirtiéndose en el primer manuscrito de mi novela, que fue lo que ya terminé mandando a la editorial, la aceptaron y se terminó publicando.

—Rosario Yori de Vivanco, Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima

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