Yo sí he defendido, cuando ha habido espacios de conversación, la idea del taller, más que por la metáfora original que viene del arte. En los espacios de artes plásticas el taller es como un given, no se discute, uno necesita un taller de pintura o un taller de lo que sea. Incluso si uno es un artista que mezcla lenguajes, el taller es un lugar de experimentación. Esa resonancia sí me parece relevante sostener.
Esto yo insisto en decir: “Esto no es un taller de escritura como el taller que ustedes pueden tomar en la biblioteca, en el sentido de que todo es más tranquilo, más relajado. Aquí hay un compromiso de proceso de escritura distinto, pero sí es un taller en este sentido de experimentar. Aquí vamos a experimentar y vamos a equivocarnos, a fallar, a identificar cuáles son nuestros materiales y a trabajar con los materiales de escritura y a elaborar preguntas con esos materiales y formas de escritura y pensar cosas con esos materiales”.
Desde ese lado de la experimentación con la materia narrativa o con las distintas materialidades de la escritura, me parece que la idea del taller sostiene un lado plástico y sensible del trabajo literario; alude, apela a eso de una manera que muchas veces la idea de clase, por ejemplo, no tiene.
—Óscar Daniel Campo Becerra, Universidad del Norte, Barranquilla (Colombia)
