A mí me gusta el taller y el concepto incluso medieval del taller. Me gusta la idea de un maestro y un aprendiz en términos de lo que podría ser el asunto medieval de los pintores.
Digamos que en un taller yo aspiro a que el estudiante o el aprendiz pueda perder su inocencia y aprender a leer. Aprender a leer no solo literatura, sino aprender a leer el mundo, y aprender a leerse a sí mismo y a lo que escribe. Para mí incluso el concepto de lectura está un poquito más arriba en interés que el concepto de escribir.
Sin embargo, hay límites en el taller. O sea, límites en la medida en que todo maestro trae sus referencias y trae sus preferencias y trae sus traumas también. Sus sesgos en la enseñanza de la escritura o en la elección de algunos autores, por supuesto. Pero es que eso es inevitable porque de alguna manera yo estimulo al estudiante a buscar otras cosas incluso que se contrapongan a lo que yo puedo enseñar.
Para mí es muy importante el criterio de los estudiantes y que me contradigan en la clase. De hecho, no son muchos y están apenas, digamos, robusteciendo sus argumentos. Pero digamos que a mí sí me interesa eso. Me interesa contrastar lo que yo puedo enseñar con otras posibilidades.
—Pedro Badrán Padaui, Universidad Central, Bogotá (Colombia)
