Yo estoy en contra del aula que tenemos. Estoy radicalmente en contra de la 205. Es una aula más cómoda que las del edificio antiguo de la facultad, pero no es adecuada a nuestras necesidades, sobre todo a lo que es puramente un máster donde se enseña creatividad.
El propio modelo, que es un modelo, podemos llamarlo de autobús o de iglesia, en donde hay una persona que está elevada a los altares, en donde se le presta toda la atención, predispone mucho. Predispone muchísimo. Es decir, de algún modo el espacio ya te hace esperar que vayan a pasar una serie de cosas. Cuando tú quieres invertir esa dinámica, o por supuesto que algún día te apetece hacer un taller donde los estudiantes hagan co-evaluación, se lean entre ellos, se valoren y se intercambien, o simplemente hacer una dinámica que para creatividad es muy importante, esa aula directamente no te sirve. Tienes que llevártelos a otro espacio.
Tenemos la suerte de que aquí en el piso de arriba tenemos el aula-seminario de lo que era antiguamente el departamento, y es una sala que tiene una mesa ovalada, no es redonda, pero es ovalada, en donde podemos ponernos más o menos en un círculo.
Es verdad que, claro, yo no quito la clase magistral, creo que la clase magistral tiene sentido, que ese espacio tiene sentido, pero no para todo. Hay días en que quiero hacer otro tipo de dinámica, me lo subo aquí, a este aula-seminario.
Cuando vamos a hablar en no ficción de El jardín de las delicias, que es una novela lírica, una escritura del yo, pues nos vamos al Museo del Prado, nos vamos a ver El jardín de las delicias y nos sentamos ahí a escribir lo que estamos viendo y a hacer una escritura del yo, desde el yo visitante al museo.
Creo que ese tipo de experiencia es muy interesante. No quiero parecer que soy como el profesor de El club de los poetas muertos, donde cada día me tengo que inventar una ocurrencia. Pienso que sí tiene valor la clase magistral y que hay días en que hace falta sentar al estudiante frente a un pizarrón y ponerle el esquema y decirle: “Estos son los tipos de narrador o estos son los tipos de puntos de vista y ahora vamos a comprender desde el punto de vista lógico y lingüístico lo que está sucediendo”.
Pero sí que pienso que cada espacio sirve para una cosa y que obligarnos a un solo espacio – imagínate, sería imposible todos los días hacer clase en el Museo del Prado –, sería una auténtica locura. Bueno, pues ¿por qué tenemos que estar obligados a tener todos los días la clase en este lugar?
Entonces, sí creo que la facultad, o por lo menos el máster, debería reivindicar un cuarto propio, por volver a Virginia Woolf, un cuarto propio donde poder dar las clases de manera mucho más adecuada.
—Manuel Broullón-Lozano, Universidad Complutense de Madrid (España)
