En una de las clases, hablamos de lo que yo he llamado, citando a otros, una ética de la representación. Y cómo uno atiende eso sin claudicar a construir un buen plot y a un personaje contradictorio o difícil o neurótico o lo que al caso venga.
Por ejemplo, cuando hablamos de focalización, a veces uso el cine y pongo un clip y lo que es focalizar, es un término que viene del cine. “Veamos aquí.”
Uso, por ejemplo, clips de Almodóvar que son tan distintas. “Esta manera de mirar, esta cámara, este gaze, ¿de dónde viene? ¿Es el gaze heteronormativo? No, ¿verdad?” Pues parte de lo que un autor o autora hace es aprender a hablar como si fuera otro.
Como estoy formado en el asunto, es muy probable, en alguna ocasión sé que he discutido el alterno, que he discutido el tema de la subalternidad. Pero, claro, no les pongo cortapisas en el curso. Si quieren hablar como un esclavo o hacer el cuento siendo blanco, me parece legítimo.
¿No puedo, por ser hombre, hablar de la violencia de género contra la mujer? No sé. Quizás no. No tengo respuesta. No tengo respuesta. Pero poner cortapisas en un proceso que debe ser fluido y libre me parece peligroso.
Pero sí toco siempre el tema… En la ética de la representación menciono varias cosas que tienen algún elemento más de crítica literaria. ¿Cuándo escribe el analfabeta? Escribe otro por él. Es un poco Spivak, ¿verdad? ¿Cuándo escribe? Porque siempre está usurpado por la voz autorizada de un occidental generalmente blanco. Eso sí lo menciono, pero es donde voy a ahondar. Pero sí se mencionó como pendiente de esta vertiente del pensamiento que es importante.
No se repriman. Me parece que la creación debe ser lo más libre posible. Y me parece que el tema de la apropiación… Una cosa es robarte un país y llevarte los museos a un país del primer mundo. Y otra cosa es la creación. Es libre.
—Manolo Núñez Negrón, Universidad del Sagrado Corazón, San Juan (Puerto Rico)
