La idea es justamente tener un espacio de participación sin censura. De ello yo siempre trato de crear una sensación de libertad incluso para que la crítica sea directa, mordaz, cínica, que no sientan el compromiso de que porque son estudiantes o pares tienen que tener concesiones. Es un espacio de disputa para cuestionar los textos, los ejercicios de los compañeros.
Y para eso lo que hacemos es que el ejercicio se envía previamente a través del mail para que ya lo vengan leído. No siempre cumplen porque tú sabes que los alumnos hacen lo que les da la gana siempre. Pero en la clase se releen algunos fragmentos para discutirlos y cuestionarlos.
Yo quisiera que una dimensión del taller sí fuese como un espacio deportivo. Como un ring de boxeadores o de espadachines en donde tú tienes que decirle al otro lo que piensa absolutamente sin concesión. Yo no creo en un taller de respeto en el sentido absoluto de la palabra.
Tiene que ser un espacio de irreverencia en donde la gente diga, lo que tú estás escribiendo me parece una porquería. Pero desde una noción que suponga ir más allá de mi subjetividad, a mí no me gusta. Que se digan las cosas de frente, que de alguna manera se reestructuren sus máscaras.
Tiene que ser un espacio de confrontación. Cuando es todo muy concesivo, muy laxo, muy light, me aburro y se aburren ellos también. Qué hermoso es tu cuento, qué hermoso es tu poema.
Algo así, con una violencia estetizada pero contenida, que permita exponer las ideas libremente en ese acto de confrontación.
—Juan Pablo Castro Rodas, Universidad Andina Simón Bolívar, Quito (Ecuador)
