Es mentira que el profesor que está enfrente de un taller solamente coordina. Es mentira. Hay una dirección, una mirada. Hay como un acento de cada uno. Eso yo lo había vivido como alumna. No está ahí simplemente para decir: “Fulano, ahora es tu vez de hablar”. No, no es solamente dirigir la vez de cada uno que hable. Sino, en conjunto, organizar una mirada sobre el texto del que entrega. Y en las reuniones individuales, filtrar o poner énfasis y provocar para que el alumno encuentre su mejor manera. El taller es una actividad muy completa, me parece, pedagógicamente. De producción, de recepción, de inhalación, de comparación, de ambición, de estructuración.
Para mí, haberme sentado y ser, aquí le decimos “oficinada”, ser “tallerizada”, es una experiencia muy rica para el que escribe y para el que lee. Estar frente al que lo describió y poder expresar una opinión, encontrar qué hablar, y a la vez el que escribió, escuchar. A mí me encanta todo lo que se genera en un taller. Me encanta y me dedico mucho a las tres etapas: la lectura, la discusión y después la reunión con el alumno.
Realmente trato de dar lo mejor de mí. A veces lo mejor de mí es el silencio. No es que voy con mucha ansiedad. A veces es decir: “Bueno, lo mejor de mí es el silencio y el elogio y la admiración”. Y a veces es romperme la cabeza juntos y actuar con el alumno.
Cada vez que encontremos algo que está muy mal, nos vamos a reír porque eso está muy mal y tenemos que reírnos de eso. Sacarle la solemnidad de lo que está bien y lo que está mal. Un día en una reunión nos morimos de la risa porque algo estaba horrible. Y con el alumno, el alumno, nos reíamos y decíamos: “Esto está horrible, no se entiende y no era mi intención”. Hay que reírse de eso también, ¿no?
Al haber sido alumna, a veces me cuesta mucho encontrar un lugar distante… “Ahora yo soy profesora y ustedes son alumnos”. Me cuesta porque yo fui alumna hace muy poco tiempo. Entonces, en el taller me siento más a gusto. Es como que me siento en un lugar más cómodo. Pero, ojo, voy aprendiendo a reconocer que como profesora también tengo mi propiedad.
—Gabriela Aguerre, Instituto Vera Cruz, São Paulo (Brasil)
