Yo un día traté de llegar incógnito a la clase, traté de hacerme el que yo no era el maestro. Llego con mi bultito, miro el salón, todavía hay alguien adentro y una muchacha me dice: “¿Tú vienes para la clase de no ficción?” Y yo: “Sí, ¿es aquí verdad?” Y ella: “Sí”. Y otra muchacha me dice: “¿Usted es el profesor?” “Ah, sí, es verdad!”
Me gusta ser muy gracioso con los estudiantes, tanto virtualmente como presencialmente. A mí el humor me lleva. Creo que eso me ayuda también a no plantearme como un profesor rígido ni como una figura de autoridad, aunque sí como una figura a seguir. Llama la atención cuando hago chistes. Por ejemplo, ayer, al presentarnos, teníamos que decir nuestras mascotas y una persona dijo que tenía un “chihuahua churriento”. Yo le dije: “¡Eso está brutal como aliteración! Necesito escribir esto”. Y yo escribí en la pizarra “chihuahua churriento” y ellos se morían de la risa. Yo les dije: “¿Verdad que suena bien? ¡Suena genial! Chihuahua churriento, escribiendo un poema”. Y nada, seguimos la clase.
Es una de mis estrategias. Me refiero un poco a lo histriónico de cómo teatralizo al enseñar. Eso les permite a los estudiantes una perspectiva diferente. Primero, yo soy así siempre, así que en verdad es lo más genuino que llevo a clase. Yo soy así todo el tiempo y les permite a los estudiantes tener una idea cálida de mí y no fría.
—Gaddiel Franscisco Ruiz Rivera, Universidad del Sagrado Corazón, San Juan (Puerto Rico)
